miércoles, abril 17

Saleh al Aruri, líder negociador de Hamás y al mismo tiempo verso suelto en la organización islamista | Internacional

La muerte de Saleh al Aruri en Beirut —en un ataque en el que incluso EE UU ve la mano de Israel, aunque el Gobierno no confirma oficialmente su autoría— supone para la organización islamista palestina Hamás la pérdida de uno de sus cuadros más hábiles en el exilio: uno que había encabezado negociaciones con otras facciones palestinas, con autoridades israelíes y con diversos aliados internacionales, así como uno de los principales responsables de sus finanzas. También se trataba de un verso suelto de la organización que había llegado a ordenar acciones armadas por su cuenta, sin consultar al resto de la dirigencia.

En lugar de un liderazgo vertical y una estricta jerarquía, Hamás posee diversos centros de poder y decisión dada su doble naturaleza —movimiento político y grupo armado— y las diferentes geografías y circunstancias en las que operan sus dirigentes: Gobierno de Gaza, oposición clandestina en Cisjordania y actividad más o menos pública en el exilio según el país en el que se encuentren y el momento por el que pasen las relaciones de esos países con Israel. De ahí que, a veces, las declaraciones de sus líderes parezcan contradictorias, y que, en muchas ocasiones, la mano izquierda de la organización no sepa lo que hace la derecha. Al Aruri ha sido la una y la otra.

Nacido en Ramala en 1966, se involucró en el movimiento islámico a finales de la década de 1980, cuando estudiaba en la Universidad de Hebrón, caracterizándose como un hábil reclutador de voluntarios y captador de fondos. También fue uno de los dirigentes de Hamás que contribuyó al establecimiento del brazo armado de la organización, las brigadas Ezedín al Qasam, en Cisjordania, según el mapa de dirigentes y organizaciones palestinas del think tank Consejo Europeo de Relaciones Exteriores.

Al Aruri fue detenido en varias ocasiones por las autoridades israelíes y pasó largos periodos en prisión, el más prolongado entre 1992 y 2007, cuando se convirtió en portavoz de los presos palestinos y en interlocutor con las autoridades carcelarias israelíes. Al ser puesto en libertad —durante las negociaciones entre Fatah y Hamás para compartir gobierno— Al Aruri afirmó en una entrevista con el diario británico The Telegraph que su organización debía dejar de atacar a civiles y derivar “de un partido orientado a lo militar” a “un movimiento político”. Esto no fue óbice para que, al poco, Israel lo volviera encarcelar durante casi tres años, al término de los cuales lo deportó al extranjero.

El dirigente islamista recaló en Damasco, donde entonces se hallaba el buró político, es decir, la dirigencia civil de Hamás —protegida por el presidente sirio, Bachar el Asad—, y ascendió hasta ocupar el segundo puesto tras el entonces líder político del grupo palestino, Jaled Mashal. Pero, en 2012, Hamás —organización islamista suní— se distanció de la represión del régimen sirio —chií— contra las manifestaciones que habían comenzado el año anterior y tomó partido por los rebeldes, mayoritariamente suníes. Así que abandonó Siria. Se desgajaba así una de las piezas fundamentales del llamado Eje de Resistencia, liderado por Irán y articulado por Siria, el partido-milicia libanés Hezbolá y las milicias chiíes de Irak, además de grupos islamistas palestinos.

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Refugio en Turquía

Parte de los dirigentes de Hamás se establecieron en Qatar; otros, como Al Aruri, terminaron en Turquía, donde el Gobierno del islamista moderado Recep Tayyip Erdogan les ofreció refugio. La llegada de dirigentes de Hamás se produjo, según analistas locales, como parte de un pacto entre las autoridades turcas e israelíes tras la mediación de Ankara, en el caso del soldado israelí Guilad Shalit, secuestrado por Hamás en 2006 y liberado en 2011 a cambio de la excarcelación de más de 1.000 presos palestinos (en estas negociaciones también participó Al Aruri).

En Estambul, Al Aruri comenzó a amasar poder. Dirigió la delegación de Hamás en los sucesivos intentos patrocinados por Turquía para que se reconciliase con Fatah y la Autoridad Nacional Palestina. También en esa época se comenzaron a establecer las bases de las inversiones de Hamás en Turquía (recientemente, EE UU incluyó en su lista de sanciones a la constructora turca Trend GYO, a la que se acusa de ser un vehículo de financiación de la organización palestina). Aunque no está claro cuál fue el papel del número dos de Hamás en estos negociados, el Tesoro de EE UU lo incluyó en 2015 en su lista negra al considerarlo uno de los gestores económicos claves de Hamás, responsable “del envío de cientos de miles de dólares” a las células del grupo en Cisjordania “para la compra de armas”.

Por esa época, Al Aruri también comenzó a actuar por su cuenta. En junio de 2014, tres adolescentes israelíes fueron secuestrados y asesinados en Cisjordania. Israel aseguró que los responsables eran miembros de Hamás, filtró a la prensa que Al Aruri había sido el cerebro del ataque e inició una campaña de bombardeos sobre Gaza que dejó más de 2.000 muertos, la mayoría civiles. La dirigencia de Hamás en Qatar negó que su grupo tuviera que ver con el ataque, pero, ante la sorpresa de muchos, Al Aruri convocó una conferencia de prensa en Turquía donde reconoció la autoría: “La voluntad popular […] culminó en la operación heroica de las Brigadas al Qasam al aprisionar a los tres colonos de Hebrón”. Un año después, el Ministerio de Exteriores de Turquía aseguraba, tajante: “Al Aruri no se encuentra en Turquía”.

Tras las presiones de Estados Unidos y de Israel —país con el que Turquía trataba de restañar las relaciones diplomáticas—, Ankara decidió expulsarlo. El número dos de Hamás, sin embargo, no se dirigió a Doha, donde se hallaban los otros pesos pesados de la organización, sino que se instaló en Líbano.

Allí, como jefe de la oficina de Hamás en Beirut, volvió a sacar a relucir su capacidad como negociador y, en 2017, tras sucesivas entrevistas con representantes iraníes y libaneses, compareció con el líder Hezbolá, Hasan Nasralá, para anunciar el restablecimiento de relaciones, rotas a causa de las diferencias por la guerra civil siria. Se recomponía así una pieza fundamental en el puzle de la influencia iraní en la región.

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