jueves, julio 18

‘Fitness’, culos e historias de Instagram: así se sexualiza el deporte en redes sociales | Salud y bienestar

Hace un par de meses Laura Kummerle probó a subir a su Instagram algo diferente. Llevaba ya varios años colgando rutinas de fitness, así que los ejercicios no eran del todo nuevos. Pero el tiro de cámara sí: enfocaba directamente a su culo, sexualizando todo el resultado. Lo que pasó después, no sorprendería a nadie, salvo a la propia Kummerle. La verdad, no esperaba una respuesta tan brutal, reconoció una semana después en un vídeo en el que explicaba que se trataba de un experimento.

Su publicación multiplicó las visitas que recibe normalmente. También los comentarios. Y los ingresos. “Hubo un incremento enorme en las ventas de mis programas y peticiones de clases particulares”, decía. “Había notado que otros creadores sexualizan su cuerpo. Pensaba que era una especie de búsqueda de atención, pero he visto que hay una correlación directa entre esto y las ventas”, reconoce.

Las redes sociales priorizan el contenido ligeramente sexualizado. Nada explícito, pero sí sugerente. El sexo vende y la red social Instagram, a fin de cuentas, es un gran mercado. Afecta a todos los usuarios, pero hay segmentos donde se hace más evidente. En los canales de recetas, viajes o de libros, el cuerpo es más secundario. En los de ejercicios y deporte, una comunidad con más de 50.000 creadores de contenido, según algunos estudios, la cosa es mucho más evidente. El resultado es una tendencia que viene agravándose en los últimos tiempos. “Es la sexualización de la industria del fitness”, señala Kummerle. “Y tengo algunas ideas sobre ello”. Esta gimnasta afincada en Georgia, Estados Unidos, lleva toda la vida haciendo deporte. Trabajando en mallas y ropa ajustada. Sabe que para enseñar a ejecutar bien un ejercicio, su cuerpo se tiene que ver. Pero cree que hay una línea bien clara que separa lo deportivo de lo sexual. Y que muchas compañeras la han cruzado.

Nicolas Kayser-Bril, analista de la ONG Algorithm Watch confirma con datos las sensaciones de Kummerle. Hizo un experimento en el que se analizaron 2.400 fotografías instalando un programa a 26 usuarios de Instagram. Descubrió que las publicaciones que contenían fotografías de mujeres en ropa interior o bikini tenían un 54% más de probabilidades de aparecer en el feed. Las de hombres con el torso desnudo, un 28% más. Por el contrario, si en las fotos había comida o paisajes, tenían cerca de un 60% menos de probabilidades de aparecer en las noticias.

“Algunas de las cuentas que seguíamos eran instagramers especializadas en analizar libros feministas”, puntualiza el analista en conversación telefónica. “No había ninguna posibilidad de que su público premiara ese tipo de contenido. Pero incluso ahí se apreciaba claramente el efecto”. Teniendo en cuenta este estudio, Kayser-Bril está convencido de que no es un tema lúbrico, sino algorítmico. ”Puede que mucha gente prefiera un contenido más sexy o lo que sea”, reconoce. “Pero no es solo eso. Es muy difícil de auditar este tipo de sistemas, pero el algoritmo tiene un papel en ello”. El experto ni siquiera está seguro de que sea así por diseño. Puede que sea por la cantidad de porno que se mueve en los sumideros de la red.

“Instagram censura el porno cuando lo detecta, pero no lo ve inmediatamente”, explica. Por eso hay una red de nuevos usuarios que tiran de este tipo de contenido para ganar seguidores rápidamente. Luego borran las fotos y venden las cuentas en canales como socialtradia.com. Por 150 euros puedes convertirte en un influencer, con miles de seguidores calenturientos.

Estas cuentas discurren bajo la superficie. “Es como un sumidero, como las alcantarillas de Instagram, pero aunque no lo veamos, es enorme en términos de clics y números”, señala Kayser-Bril. Tanto que, aunque pase por debajo del radar de los censores y la mayoría de usuarios, penetra en las entrañas de la app y modifica lo que esta entiende que le gusta al usuario medio. No es que los usuarios de Instagram estén salidos. Es que lo están sus algoritmos. Preguntados al respecto, desde Meta remiten al blog de la compañía. Aquí se asegura que el orden del feed de Instagram se realiza en base “a una serie de predicciones sobre las historias que te parecerán más relevantes y valiosas” teniendo en cuenta factores como el historial de visualizaciones, de interacciones y el vínculo que se tenga con el autor del post en cuestión.

El entrenador Sergio Peinado.
El entrenador Sergio Peinado.

Sergio Peinado parte de una obviedad para ir concretando un discurso bien armado. “El aspecto físico es importante en la sociedad”, dice este licenciado en Ciencias del Deporte y creador de contenido. En Instagram lo es aún más. Y en las cuentas de Instagram que hablan de deporte, mucho más. Hay una parte, reconoce Peinado, que no tiene nada que ver con el sexo: “El público quiere verse como tú, existe este sesgo de que si tienes un buen cuerpo, tienes más autoridad”, reflexiona. “Aunque sea falso, porque eso depende de genética, alimentación o incluso complementos, de cosas que no siempre se ven en redes”.

Dando todo esto por válido, hay una línea, difusa y subjetiva, que separa lo deportivo de lo picante. “Por supuesto que si sexualizas tu contenido vas a tener más repercusión a corto plazo”, concede Peinado, “pero no sé si merece la pena, no sé si de esta forma construyes comunidad”. En su caso, él tuvo claro donde trazar esa línea. Las redes sociales son grandes y todo contenido es lícito, dice, hay espacio para que cada uno construya su perfil y su comunidad. “Yo he visto compañeros que han empezado en el mundo del fitness y se han sexualizado hasta acabar en Onlyfans [plataforma de contenido de pago que suele ser sexual], porque han visto que les funcionaba mejor”, reconoce. Y eso puede estar bien, pero no es lo que quiere.

La sexualización impacta en los creadores, pero también en los consumidores de contenido. El efecto principal es biológico y no necesita mucha explicación. Pero puede haber algunos secundarios en la autopercepción y satisfacción corporal. Las investigaciones sugieren que la exposición a un ideal de belleza estándar, delgado, y a menudo sexualizado puede reducir la satisfacción corporal de los usuarios, especialmente las mujeres adolescentes. Sin embargo, no está claro que la sexualización sea un factor determinante en esta ecuación. Un estudio de la Universidad de Padua intentó averiguarlo. Un grupo de jóvenes fueron expuestos a tres grupos de fotos en Instagram. El primero mostraba ideales de belleza sexualizados; el segundo, positividad corporal sexualizada y por último, positividad corporal no sexualizada. Los resultados mostraban aspectos tanto beneficiosos como críticos y concluían que la sexualización en Instagram no tiene por qué tener un impacto negativo si se trata de forma respetuosa y trasladando un mensaje de aceptación del propio cuerpo.

La socióloga y bailarina Carolina Are
La socióloga y bailarina Carolina AreRachel Marshall

Caroline Are, socióloga e investigadora de criminología digital de la Universidad de NewCastel cree que sexualizarse en redes sociales no es algo negativo. A ella la empoderó. Porque Are, además de investigadora, es bailarina de poledance (barra vertical). Estudia como las redes sociales muestran y esconden el cuerpo de las mujeres. Y asegura que Instagram es cada vez más mojigato.

“Hay una paradoja en esto, que señalamos muchos investigadores”, explica en un intercambio de audios. “La sexualización involuntaria, la más artificial o aquella más mainstream, representada por famosos, viene empujada por el algoritmo. Pero los contenidos más personales o de las personas que vienen de contextos más marginales son censurados. Así, al final vemos que los contenidos sexualizados reflejan las dinámicas de poder”, resume Are.

La socióloga opina que sexualizarse es una forma de empoderarse. De coger las riendas del propio cuerpo y presentarse ante el mundo. Por eso, dice que hacerlo por elección propia en redes sociales es algo positivo. Contrasta esta idea con el mundo sexualizado que venden la publicidad o en los medios tradicionales, donde no es la mujer quien se sexualiza, sino el sistema. Are asegura que las redes sociales están copiando este modelo y penalizando a aquellos que se salen de la norma. “Promueven solo los tipos de sexualidad que venden”, resume. En esto podría estar de acuerdo con Kummerle. El sexo, en Instagram, vende.

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